los tres hijos

“–¿Sabes cuál es el país que está más allá de Imaginación?

–No.

–Pues cuentan las piedras, fuentes muy fiables ellas, que de allí provenía el nómada que pisó este lugar por primera vez. Y hace tanto tiempo ya de eso, que ni siquiera todo lo que a tu alrededor se halla existía.

Dicen que, cuando llegó a un punto no muy lejano de aquí, se sentó, y contempló. No sabía qué decir. No podía articular palabra ante todo lo que a sus ojos se le presentaba.

Pasó mucho tiempo, aunque en esto las piedras no han sido capaces de señalar cuánto, ya que no existían los calendarios.

Estaban tan perplejas por esta actitud nunca vista antes, que se lo contaron a sus primos, los granos de arena. Ellos, como puedes imaginar, no daban crédito a lo que sus familiares les relataban. Entonces decidieron verlo por ellos mismos. Y nada más llegar, lo comprobaron.

Las piedras estaban en lo cierto.

Como el viajero no parecía que tuviera intención de moverse, le ofrecieron un lecho en el que pudiera descansar, en el que estuviera más cómodo. De este modo, la tierra se quedó junto al caminante, formando una vasta llanura.

Una nube que por allí pasaba, se extrañó de ver tamaño páramo, y sobre él, a alguien sentado.

Preguntó.

La arena respondió entonces lo que las piedras ya dijeron en un principio. Evidentemente, cómo iba una nube a creer esa historia. Aunque no sé si sería por curiosidad, pero el caso es que sucedió lo que ahora mismo te estás imaginando.

Ella también se quedó.

No sólo permaneció en ese paraje, sino que habló con su amiga el agua, alucinada por tal suceso. Agua no pudo reprimir una carcajada ante el relato de nube, por lo que esta última hizo lo que hubiera hecho cualquiera en su situación.

Llovió.

Cayó tanto que se formó un gran río, cuyo cauce desembocaba en un inmenso mar azul, que llegaba hasta el mismo lugar donde duermen el día y la noche. Por eso, cuando el sol despertó, calentó y alumbró para que flora y fauna tuvieran también cabida en tamaño paraíso. La luna, por su parte, veló para que toda la belleza permaneciera intacta.”

–Cada vez que la cuentas me gusta mucho más. Se nota que tu padre es poeta. Una semana hace ya que me contaste por primera vez esta historia, y no me importaría que ahora lo volvieras a hacer.

–El tuyo no es poeta y también te las cuenta, incluso cuando le preguntaste, como yo al mío, sobre el origen del mundo.

–Sí, aunque ya sabes que no es tan bonita. Recuerda que el día que le abordé con la misma pregunta, él venía de ver todas sus tierras, y supervisar el trabajo que allí se hacía. “Mira hijo, el mundo lo hizo un dios. Un dios todopoderoso que fue capaz de crear todo lo que ves, y lo que no ves, incluido el ser humano. Trabajó tanto en tan poco tiempo, que un día lo aprovechó para descansar. Hijo, me voy a dormir.”

–Ya. Pero bueno, una historia es… ¡mira quién viene!

–¡El desaparecido!

–Hola chicos, por fin puedo venir.

–¿Qué te ha pasado?

–Ahora os cuento. Resulta que un día después de que nos viéramos, a la hora de la comida, planteé la cuestión: “Papá, al padre de un amigo mío las piedras le contaron el origen del mundo, y el papá de otro dice que fue un dios todopoderoso el que lo creó. ¿Tú sabes cómo fue?”. Mi padre masticó bien lo que estaba en su boca, bebió un trago de vino para poder tragar, y me contestó, ya lo creo que me contestó: “Hijo mío, ¿las piedras de uno o el dios de otro nos van a ayudar con la cosecha de este año?” “No lo sé”, respondí. “Pues cuando acabes de comer te vienes conmigo, que mientras no aparezcan tendremos que hacerlo nosotros”.

nota: texto publicado por primera vez en el blog «tinta de unos y ceros» el día 25 de mayo de 2008.