los hijos de los hombres

 

entre muros de consciencia

y lamentos atronadores

campa el odio a sus anchas,

con ojos siempre en el control

y nunca en la respiración.

 

a cada cual su impronta,

que en dos días brindaremos

por el desdeñable y sucio intento,

por nadar entre consuelos

y espumas de agua deshidratada.

 

y en un mes todos cuerdos,

con mis dimes y tus diretes en la cartera,

sin retrovisor en la conciencia,

con la dirección de cada paso

apuntalada por la obligación

de querer mirar hacia otro lado.

 

dulce pecado el de la resignación

cuando se tiene un sofá

como dios manda.