Eran las tres del mediodía de, como habían asegurado los meteorólogos, uno de los días más calurosos de la década. En la radio sonaba una pegadiza canción veraniega. Sheila no pensaba en otra cosa que en el maldito cacharro del aire acondicionado, que no funcionaba desde hacía tres días, y en la playa, ya que, con lo tranquilo que estaba el centro de salud de un pequeño pueblo perdido en la sierra, ni siquiera hacía falta una estudiante de enfermería en prácticas haciendo la faena de cualquier superior que ahora estaría disfrutando del sol junto a las olas.
Pero, como si de una premonición se tratara, comenzó a escuchar un ligero zumbido, que, en cuestión de segundos se convirtió en una algarabía de personas rondando alrededor de ella. Era una emergencia. Por lo que podía escuchar entre tanta gente, se trataba de ese alpinista que hacía pocos días había desaparecido entre el bosque que lleva al Marianne, el pico más alto de estos contornos. Parecía que la víctima venía agonizando, y que se encontraba en las últimas…
De repente, se abrieron las puertas de urgencias de golpe, y abriéndose paso entre tanto alboroto venía una camilla, donde yacía medio inconsciente el alpinista desaparecido.
Sheila siempre había deseado estar en una situación así, desde que era pequeña, cuando se quedaba embobada las series televisivas de hospitales, en las que todos y cada uno de los médicos sabían, con una precisión absoluta, cómo y en qué momento actuar, con un éxito más que notable. Así que, con una curiosidad alimentada desde niña, se acercó lentamente, abriéndose paso entre el tumulto, a la habitación donde estaba emplazado el joven desaparecido. Pero ahora, cuando ese momento tanto tiempo esperado por Sheila llegó, deseó que nunca hubiera ocurrido, porque al ver el estado en que se encontraba el agonizante alpinista, comenzó a notar un ligero gusto a bilis, y se fue corriendo al servicio.
Estaba histérica, sentada en posición fetal junto al lavabo, pensando en el terrible estado en que se encontraba la pobre persona que tuvo la mala suerte de perderse entre la naturaleza durante un par de días. Su cuerpo parecía recubierto de moho, sus ojos, desorbitados, y lo más espeluznante de todo, lo que la hacía ponerse más nerviosa eran sus venas, el color verde que tenían. Era una imagen que difícilmente puede olvidar una persona.
Cuando ya estaba un poco más tranquila, se enjuagó la boca tres o cuatro veces, porque pese a haber vomitado hacía ya más de diez minutos, seguía notando ese gusto amargo en su interior. Pero de repente, volvió al mundo exterior y notó algo extraño, no llegaba a escuchar ninguna voz, cosa que le extrañó mucho, ya que con el alboroto originado por esta urgencia, el centro parecía un supermercado en hora punta.
Así pues, Sheila, tal y como estaba, más la incertidumbre ante ese misterioso silencio notaba que el corazón iba a explotar dada la velocidad de sus latidos. Y, si antes tenía una curiosidad casi infantil por ver el enfermo, ahora se encaminaba hacia la puerta del servicio totalmente aterrada por la nueva situación. Algo le decía por dentro que no debería abrir esa puerta, pero sentía una necesidad imperiosa de ver lo que había sucedido.
Acercó su mano temblorosa al pomo. Abrió lentamente la puerta, y conforme tiraba de ella, encontró una horrible explicación para aquel extraño silencio. El grito que surgió de lo mas profundo de su ser hubiera asustado hasta la última persona del centro de salud, pero no ocurrió así, porque todos estaban allí, en la sala de espera de urgencias, muertos, descuartizados, y lo más extraño de todo es que tenían una ligera capa de moho sobre sus cuerpos, o lo que quedaba de ellos. Entonces Sheila asoció este moho al mismo que cubría al alpinista, y un escalofrío le sacudió de la cabeza a los pies. Cuando su cabeza intentaba encajar las piezas de un rompecabezas sin solución, vio que sobre un sillón había algo extraño, algo similar a una semilla, del tamaño de un puño y del cual salían, o mejor, crecían a una velocidad espasmosa, una serie de pequeños tallos, que en un momento habían pasado a ser ramas, y con una especie de camisa sobre la que reposaba esa criatura. Sheila cayó en la cuenta que esa era la camisa del malogrado alpinista. Correr, tenía que correr, huir, era él, o eso. Correr. Pero en el momento en que el cuerpo obedeció la orden de su cerebro, escuchó un ruido semejante al reptar de una serpiente. Se había movido, e iba a por ella. Sheila pensó que hubiera estado mejor en la playa…
nota: este relato se publicó por primera vez el 18 de septiembre de 2008, en el blog «tinta de unos y ceros». lo escribí entre diez y once años antes. fue mi primera obra, chispas.
imagen inicial: fragmento de «caminante sobre un mar de nubes» de caspar david friedrich
