sé que estoy robando minutos al segundero
cuando despejo la incógnita
en la ecuación de la desidia,
ahogadas quedan ya
las rutinas y sus jerigonzas,
las lágrimas y sus lisonjas,
la importancia de mi ansiedad vacua,
que huye
al callejón de las penumbras
donde desaparece
entre urgencias disipadas
y baldíos retruécanos que anticipan el olvido
de un yermo sentido del éxtasis del instante.
fuegos de artificio que hipnotizan
pero no calan,
momentos varados en playas de pedernales,
de obtusas aristas y febriles cantos,
cacofonías de salón sin portaequipajes
donde guardar aquello que nos define,
los sentidos que esculpen
el camino de nuestros pasos,
el relieve de nuestra cartografía,
la caricia de tus palabras
que son bálsamo en mis párpados,
la mirada cómplice
de dos seres habitando el desacato,
el sonido del latido
cuando mis dedos conectan contigo,
el olor a brisa marina
al despertar con la imagen de tu sonrisa,
el sabor del aliento
que marca el momento de nuestros encuentros.
cielos despejados y ciertos,
como nuestras manos,
que se alcanzan y culminan
el hábito de buscarnos a tientas,
de intuirnos a medias,
de realizarnos en el intento
de querer ser a pesar
de la ausencia de red,
de la niebla de vivir cada día,
de las tormentas de la niñez,
del huracán de la norma
que yace a nuestros pies
como tabla sobre escarpadas olas,
como el minuto en el segundero
y su cadente bucle infinito,
sin causas ni destinos,
sin infiernos ni paraísos,
solo tú y yo
siéndo
nos
yaciéndo
nos
diluyéndo
nos
en la cálida calma
de amanecernos vivos.
