antes de cerrar los ojos

–hijo, ya va siendo hora de apagar la luz.

–pero papá, me dijiste que me contarías un cuento.

–está bien, ¿alguno en especial?

–no sé, podrías contarme algo histórico, algo de leyenda pero real a la vez.

–vaya, sí que pides por esa boca, hijo. pero no te puedo negar nada. creo que tengo la historia perfecta para que cierres los ojos y duermas tranquilo.

–¿de verdad? ¡empieza, empieza!

–vamos allá… érase una vez un lugar de ensueño, donde todas las criaturas que allí vivían lo hacían en armonía, en un ritmo perfectamente sincopado. todos, absolutamente todos los seres movían su cabeza de arriba a abajo y de abajo a arriba continuamente, de forma sintomática. era su condición natural. y tales seres se autodenominaban los asentistas.

–qué interesante, papá.

–a ver si ahora no vas a poder quedarte dormido.

–qué va, papá, no te preocupes, pero por favor, sigue.

–está bien. pues en el país asentista eran bastante serviciales, nunca decían que no a nada, e incluso les encantaba disfrutar de la vida, sonreír a cada paso que daban, hacer de su vida un juego… y fue precisamente por un juego que los asentistas acabaron dándose de bruces con una terrible verdad…

–¿cuál, papá, cuál?

–si llego a saber que te emocionas tanto no te lo hubiera contado antes de despedirnos del día, lo hubiera hecho por la tarde.

–papá, por favor, no dejes el relato a medias… ¿cuál era esa terrible verdad?

–que no estaban solos. que ni siquiera eran la mayoría.

–¿cómo?

–como te lo digo. llegó un día en el que, cansados de jugar en la superficie, decidieron formar un evento de escalada, «¿seremos capaces de llegar al cielo? ¡claro que sí!», decía el lema del certamen. y se propusieron ascender por la cordillera que rodeaba un amplio sector de su ilustre territorio. la sorpresa no se hizo esperar. en cuanto el primero de los asentistas llegó a la cumbre del pico más alto descubrió que había ciudades pobladas al otro lado. y, llevados por la emoción, los escaladores descendieron veloces, como el rayo, para comunicar la buena nueva. ¡hay vida más allá! ¡hay vida más allá!

–¿y cruzaron la cordillera? ¿mandaron un mensaje?

–impaciente.

–¡qué pasó!

–hijo, si no me interrumpieras lo mismo ya habría acabado.

–vaaaaaaleeeeeeee.

–en fin, sigo… diciendo que no te faltaba razón. votaron si cruzar la cordillera para visitar el otro lado, y, por supuesto y para sorpresa de nadie, el resultado fue rotundamente aplastante: respuesta total y absolutamente afirmativa. así pues llegó el día, y el grupo cuidadosamente seleccionado subió la cordillera por una vertiente, la coronó, descendió por su otra cara y llegó a la primera ciudad del territorio por explorar. pero qué sorpresa la suya, porque al ver a los moradores de aquellas tierras…

–¡qué! ¡cuéntalo ya, papá! ¡dime qué!

–le voy a decir a tu madre que nada de chocolate antes de acostar.

–no he tomado nada, pero es que estás contando una historia superinteresante. ¿por qué se sorprendieron?

–muy sencillo, hijo, su sorpresa fue mayúscula porque se dieron cuenta de que la población movía su cabeza de forma sintomática, de un lado para otro y del otro al uno, continuamente. pero en lugar de hacerlo verticalmente como ellos, lo hacían de forma horizontal. era su condición natural. y tales seres se autodenominaban los negacionistas.

–¿en serio? menudo sorpresón se llevarían. ¿y qué pasó después?

–pues como al principio no se entendían dada su incompatibilidad de movimientos llegaron a la conclusión de que una afirmación es una negación desde otro punto de vista, y viceversa, y se dieron cuenta de que podían coordinarse a la perfección girando cada uno su perspectiva en un ángulo perfecto de cuarenta y cinco grados. eso les llevó a un desarrollo y prosperidad como nunca se conoció a lo largo y ancho no solo de sus respectivos territorios, sino de todo el planeta.

–¿de verdad? ¿lo estás diciendo en serio?

–¿tú que crees?… a ver, qué te he dicho siempre de los seres humanos. ¿cuáles son las dos principales características que nos definen como especie?

–que somos supremacistas y condescendientes.

–exacto. entonces, ¿crees que la historia acabó tal y como te la he contado?

–lo cierto es que no.

–razón llevas, hijo mío. si te soy sincero, cuando la expedición asentista descubrió la enorme diferencia que separaba a su propia etnia de la negacionista ni siquiera se dejó ver. el grupo volvió como alma que lleva el diablo a su tierra de origen, donde comunicaron todo aquello que habían descubierto. llegaron a la conclusión que su grupo era único y que el mero contacto con el negacionismo le haría perder la esencia, y, quién sabe si hasta su propia condición de asentistas.

–¿por qué?

–mestizaje.

–terrible.

–lo sé. pero lo que ellos no sabían era que al mismo tiempo que los asentistas habían llegado hasta la tierra negacionista, estos últimos también habían hecho lo propio, es decir, descubrir la tierra asentista. ¿adivinas qué pensaron?

–¿que no debían dejar que existiera la interacción entre ambos pueblos?

–qué bien te expresas, hijo mío. eso es. el caso es que una cosa llevó a la otra, la otra a la siguiente y la siguiente a, como se suele decir, los tambores de guerra.

–¿guerra?

–solo puede quedar uno.

–ay, papá, qué miedo.

–fue una época terrible, oscura, donde nadie se atrevía a salir de casa, donde el miedo a mostrarse provocó un cambio en la condición humana, donde los supervivientes de ambos bandos renunciaron a su esencia para llevarles a aquello de lo que habían renegado ambos pueblos.

–¿a qué, papá, a qué les llevó?

–a encogerse de hombros.

–ostras papá, ¿entonces…?

–por supuesto, hijo mío. de aquellos polvos estos lodos. fue a causa de las guerras del sinoísmo que surgimos nosotros como especie, los encogehombristas.

–qué cosas, papá. ¿pero esto es de verdad? ¿por eso nosotros tenemos el cuello encajado entre los hombros?

–no lo tenemos encajado, solo aseguramos tener una cabeza bien asentada sobre los hombros.

–¿entonces me estás diciendo que nuestros antepasados eran asentistas y negacionistas?

–ni confirmo ni desmiento.

–qué curioso, papá.

–por favor, hijo mío, no repitas esa palabra ni aunque te vaya la vida en ello… porque te puede ir la vida en ello.

–¿pero qué dices, papá? solo he dicho «qué curioso».

–¡que te calles!… perdona, hijo mío. perdóname por haberte gritado… pero es que todo esto me pone algo nervioso…

–pero… todavía no lo entiendo… ¿por qué te has puesto así conmigo? ¿qué tiene esapalabraquenoquieresquediga para que no la repita?

–te lo voy a decir una vez, hijo. así que espero que no se te olvide.

–vale. dímelo.

–has dicho curioso. y la curiosidad es lo que no necesitamos en nuestra especie. porque… ¿qué provoca la curiosidad en un encogehombrista? que necesites saber más. y si lo haces, indefectiblemente tendrás que realizar un movimiento contra natura.

–¿cuál, papá?

–estirar el cuello. con lo que tendrás que desencogerte de hombros. con lo que ello significa…

–…supremacismo y condescendencia…

–se puede decir más alto, pero no más claro.

 

Imagen de Frauke Riether en Pixabay