vivimos días
de incredulidad,
de grises perfectos,
de blancos y negros atávicos,
de domingos desesperados por ser lunes,
de corazones que enarbolan banderas
sin sujeto ni predicado.
vivimos días
de fuego y abrasión,
días de perdición,
días de acabar sin empezar,
días de espejismos y desencantos.
entonces…
¿qué tal si desafiamos?
así, sin más.
¿qué tal si abrimos puertas sin marco
y chapoteamos en barcos
que nos lleven más allá del horizonte?
¿qué pasaría
si cayéramos en la cuenta
de que la razón está perdida,
de que vamos a tener que entrar
por la salida
e iluminar el neomedievo
en el que estamos viviendo?
¿por qué no admitir
que perdimos la batalla,
que asumir ya no está
en el día a día,
que culpar y odiar
son armas de destrucción masiva,
que culpar y odiar
son el plato harvard
con el que comulgamos a diario?
¿por qué seguir alimentando
supersticiones de tres al cuarto,
encefalogramas terraplanistas
que nos dicen
cómo huir
de nuestra más viva esencia,
cómo salir airosos
de nosotros mismos,
cómo acalicantarse
bajo el freno del tedio
y el asedio del hacer más
para pensar menos.
volvamos a confiar
en las palabras y su significado,
a separar tener de sentir,
a erradicar la expectativa
de nuestro presente y sus mentiras.
volvamos a cerrar los ojos
para saltar y salpicar,
y reír y llorar y bailar.
y que se jodan por fin
las sonrisas de soslayo,
las bocas púdicas,
los ojos calzados,
aquellos que miran y señalan,
los charlatanes que gritan tanto.
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